Dos inmensas minorías

El estado de crispación extrema en que ha caído Cataluña ha cimentado la existencia de dos bandos cada vez más estancos, cada vez menos dispuestos a llegar a una solución pactada y asumible por la otra parte. Sin una solución aceptable por los dos bandos, parece que el conflicto puede alargarse eternamente y, lo que es peor, con cada uno de los adversarios cada vez más alejado del otro, cada vez más enconado en su posición cerrada y cada vez menos dispuesto a escuchar sinceramente los argumentos del otro. Mientras resurgen fantasmas del pasado más siniestro, la sociedad catalana se está quedando enfrascada en una batalla simbólica mientras no hace frente a los problemas concretos que sufre una inmensa parte de la población, de los que la precariedad laboral o el aumento del precio del alquiler no son más que la punta del iceberg.

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¿Dónde está el punto de no retorno?

Hay momentos en la vida en que se acaba haciendo algo de lo que, lo sabemos, nos vamos a arrepentir y sin embargo no podemos evitar hacerlo. Lo hacemos por despecho, por impaciencia, por rabia, las más de las veces por simple estupidez.

Este momento parece haber llegado en Cataluña tras la violenta acción llevada a cabo por las fuerzas de seguridad del Estado el pasado 1 de octubre en su burdo intento de impedir la celebración de un referéndum para la independencia de Cataluña.

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