La conspiranoia como conspiración

Los atentados sobre las Torres Gemelas fueron obra del propio gobierno estadounidense, Neil Armstrong jamás pisó la superficie lunar, el Sida es un invento de laboratorio para acabar con poblaciones indeseables, en el 11M madrileño colaboraron islamistas, etarras, miembros del PSOE y de la Guardia Civil, el Holocausto jamás se produjo, y de hecho ni siquiera está demostrado de que la Tierra sea redonda…

Las últimas décadas han visto cómo las teorías más diversas y disparatadas se han ido introduciendo en el seno de sectores de la población ansiosos de un relato alternativo que les permita dar sentido a lo que ocurre a su alrededor. Pero el auge de Internet y la pérdida de credibilidad de unos medios de comunicación ahogados por las deudas y en pérdida creciente de credibilidad han multiplicado su difusión hasta límites difícilmente imaginables. La posibilidad, gracias a la Red, de constituir canales independientes de información, lejos de desenmascarar mentiras y montajes, no ha hecho más que favorecer la creación de estados de opinión contaminados por estas teorías hasta el punto de que países como Corea del Norte, China o Estados Unidos las utilizan como parte de su estrategia geopolítica.

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Posverdad: la realidad a la carta

Que la expresión “fake news” se haya incorporado con tanta facilidad y rapidez al discurso diario del periodista no deja de ser una triste constatación de la fragilidad actual de la profesión pero también es reveladora de un estado de confusión ideológica generalizado, de cierta nostalgia de las ideologías globalizadoras y del acceso al poder de personajes indignos de una democracia madura. Si la consolidación de Internet como difusor de noticias ha permitido que el rango de productores de noticias se haya ensanchado hasta límites difícilmente imaginables hace unos años, algo que consideramos quizás con excesiva premura como un éxito democrático, también ha posibilitado que se propagaran como la pólvora el consumo irreflexivo de noticias, la manipulación, la mentira y por tanto la duda constante acerca de la veracidad de las noticias que recibimos. Así, en el enorme magma que son las noticias que llegan constantemente a nuestro smartphone o a nuestro ordenador, ¿cómo distinguir lo verdadero de lo falso, lo fundamental de lo accesorio? La sobreproducción de noticias y la proliferación de verdades a medias, cuando no de mentiras descaradas, parece habernos conducido a un inmenso marasmo informativo donde resulta dificilísimo distinguir el grano de la paja: ¿y si la omnipresencia de medios nos estuviera llevando paradójicamente a una ceguera generalizada?

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