La nostalgia ya no es lo que era

Yo pensaba que los nostálgicos eran esos chicos flacos que miran por la ventana cuando llueve, escuchan a Nick Drake, lloran leyendo a Emily Dickinson y van por ahí buscando las chucherías que comían de pequeños a ver si les da un Proust. Pero no. Ahora resulta que llamamos nostálgicos a señoras y señores con el rostro desencajado por la ira que claman al cielo cuando el Gobierno decide por fin reparar el error histórico que suponía que el cuerpo de un dictador descansara en un sitio de honor. Que impiden que el ayuntamiento de la capital de un país democrático condene la violencia machista. Que dicen que los extranjeros son más proclives a cometer violaciones. Que quieren ilegalizar cualquier partido que ponga en entredicho la unidad de la sacrosanta madre patria. Y así hasta agotamiento del disparate. Sigue leyendo “La nostalgia ya no es lo que era”

Un mundo feliz

Los que utilizamos las redes sociales lo hemos comprobado una vez más durante las vacaciones de verano: somos felices. Tremendamente felices. Tan felices que nos sentimos en la obligación de propagar la noticia a los cuatro vientos. Felices por pasar unas vacaciones tan estupendas en Grecia, Tailandia o Formentera. Felices por pasarlas con esta pareja tan estupenda y con estos niños que han aprendido antes que nosotros que uno no es realmente feliz hasta que los demás no se han enterado de lo bien que lo hemos pasado, lo bien que hemos comido y lo bien que nos está tratando la vida.
Sonreímos mientras nos hacemos una selfie con el atardecer de fondo o frente a una paella de marisco. Sonreímos mientras abrazamos a nuestra pareja. Sonreímos aunque ya llevemos tres meses (¿o son ya cuatro?) sin hacer el amor. Sonreímos y luego comprobamos cuántos likes hemos conseguido.

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El votante sentimental

En “La Inmortalidad”, Milan Kundera hablaba de la figura del “homo sentimentalis”, definiéndola como aquella persona que eleva sus sentimientos a nivel de valores y que pone un interés especial en exhibirlos constantemente. En una época en que la política parece haberse puesto a la altura de las redes sociales y donde la fórmula más o menos ingeniosa ha sustituido al debate político, se están consolidando fuerzas políticas que hasta hace bien poco no tenían la más mínima posibilidad de obtener representación parlamentaria. Y lo han hecho apelando a los instintos básicos de una población frustrada, más que ofreciendo un programa político y económico coherente.

 

 

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La conspiranoia como conspiración

Los atentados sobre las Torres Gemelas fueron obra del propio gobierno estadounidense, Neil Armstrong jamás pisó la superficie lunar, el Sida es un invento de laboratorio para acabar con poblaciones indeseables, en el 11M madrileño colaboraron islamistas, etarras, miembros del PSOE y de la Guardia Civil, el Holocausto jamás se produjo, y de hecho ni siquiera está demostrado de que la Tierra sea redonda…

Las últimas décadas han visto cómo las teorías más diversas y disparatadas se han ido introduciendo en el seno de sectores de la población ansiosos de un relato alternativo que les permita dar sentido a lo que ocurre a su alrededor. Pero el auge de Internet y la pérdida de credibilidad de unos medios de comunicación ahogados por las deudas y en pérdida creciente de credibilidad han multiplicado su difusión hasta límites difícilmente imaginables. La posibilidad, gracias a la Red, de constituir canales independientes de información, lejos de desenmascarar mentiras y montajes, no ha hecho más que favorecer la creación de estados de opinión contaminados por estas teorías hasta el punto de que países como Corea del Norte, China o Estados Unidos las utilizan como parte de su estrategia geopolítica.

 

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Posverdad: la realidad a la carta

Que la expresión “fake news” se haya incorporado con tanta facilidad y rapidez al discurso diario del periodista no deja de ser una triste constatación de la fragilidad actual de la profesión pero también es reveladora de un estado de confusión ideológica generalizado, de cierta nostalgia de las ideologías globalizadoras y del acceso al poder de personajes indignos de una democracia madura. Si la consolidación de Internet como difusor de noticias ha permitido que el rango de productores de noticias se haya ensanchado hasta límites difícilmente imaginables hace unos años, algo que consideramos quizás con excesiva premura como un éxito democrático, también ha posibilitado que se propagaran como la pólvora el consumo irreflexivo de noticias, la manipulación, la mentira y por tanto la duda constante acerca de la veracidad de las noticias que recibimos. Así, en el enorme magma que son las noticias que llegan constantemente a nuestro smartphone o a nuestro ordenador, ¿cómo distinguir lo verdadero de lo falso, lo fundamental de lo accesorio? La sobreproducción de noticias y la proliferación de verdades a medias, cuando no de mentiras descaradas, parece habernos conducido a un inmenso marasmo informativo donde resulta dificilísimo distinguir el grano de la paja: ¿y si la omnipresencia de medios nos estuviera llevando paradójicamente a una ceguera generalizada?

 

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Dos inmensas minorías

El estado de crispación extrema en que ha caído Cataluña ha cimentado la existencia de dos bandos cada vez más estancos, cada vez menos dispuestos a llegar a una solución pactada y asumible por la otra parte. Sin una solución aceptable por los dos bandos, parece que el conflicto puede alargarse eternamente y, lo que es peor, con cada uno de los adversarios cada vez más alejado del otro, cada vez más enconado en su posición cerrada y cada vez menos dispuesto a escuchar sinceramente los argumentos del otro. Mientras resurgen fantasmas del pasado más siniestro, la sociedad catalana se está quedando enfrascada en una batalla simbólica mientras no hace frente a los problemas concretos que sufre una inmensa parte de la población, de los que la precariedad laboral o el aumento del precio del alquiler no son más que la punta del iceberg.

 

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¿Dónde está el punto de no retorno?

Hay momentos en la vida en que se acaba haciendo algo de lo que, lo sabemos, nos vamos a arrepentir y sin embargo no podemos evitar hacerlo. Lo hacemos por despecho, por impaciencia, por rabia, las más de las veces por simple estupidez.

Este momento parece haber llegado en Cataluña tras la violenta acción llevada a cabo por las fuerzas de seguridad del Estado el pasado 1 de octubre en su burdo intento de impedir la celebración de un referéndum para la independencia de Cataluña.

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