Todo saldrá mal

La dictadura del optimismo que nos ha invadido en los últimos años, arengada por las redes sociales y el pensamiento Mr. Wonderful, ha encontrado en la crisis del coronavirus un terreno abonado para sus dañinos  mensajes. Balcones con mensajes que nos aseguran que “todo saldrá bien”, la espantosa “Resistiré” sonando a todo trapo y a todas horas, conciertos en balcones que se quieren “solidarios” y un interminable etcétera. El infantilismo con el que este optimismo compulsivo está afrontando esta situación terrible e inédita puede, ahora sí, llevarnos a una auténtica catástrofe.

Todo saldrá mal si pensamos que vamos a aprender algo de esta crisis porque sí, como si la señal de alerta implicara necesariamente la resolución del problema. Pero el caso es que las situaciones de caos nunca han conducido a una mejora de las condiciones de vida ni a una forma más equitativa de organizarnos como sociedad. Antes al contrario: los estados de vulnerabilidad son aprovechados para ampliar todavía más el control económico que se ejerce sobre la población, para recortar libertades y para asentar en el poder a los lideres de discurso más directo y simplón, cuando no directamente autoritario.

Todo saldrá mal si, por muchas dudas que despierte la actuación del Gobierno central, la derecha, Govern de la Generalitat incluido, sigue aprovechando la situación con motivos tan electoralistas como vergonzosos. Ahora sabemos que al “Gobierno de España” ya no le basta con robarnos sino que nos mata, por no hablar de las disparatadas acusaciones de PP y Vox, su hermano pequeño y matón. Es decir que ni siquiera en un momento de emergencia mundial, nuestros líderes políticos han sido capaces de ver más allá de sus intereses partidistasy de aunar esfuerzos por el bien común. En cuanto a la perspectiva mundial, el panorama no es mucho más alentador si vemos qué grado de responsabilidad tienen los líderes de países tan fundamentales como Estados Unidos, China, Rusia, Brasil o Reino Unido.

Todo saldrá mal si tanta gente cree con pasmosa facilidad las más disparatadas teorías de la conspiración aunque contradigan las leyes elementales de la lógica: farmacéuticas, China, Bill Gates… Sólo falta añadir a Darth Vader para completar este contubernio de fuerzas oscuras que han propagado el Covid-19.

Todo saldrá mal porque, apenas las medidas de confinamiento se han relajado en algunos países, parece ser que nuestras pautas de consumo no solamente no apuntan a un consumo más responsable sino que van más allá en sus desbocadas tendencias suicidas. El primer día en que las autoridades francesas relajaron las medidas de confinamiento y autorizaron a McDonald’s a abrir su servicio de Drive (esos establecimientos donde uno recoge esa “comida” sin bajarse del coche) se saldó con  un embotellamiento de tres horas. En España, las colas delante del primer Zara autorizado a abrir también fueron llamativas. Cierto es que son sólo dos ejemplos y que conciernen a un número limitado de personas, pero no deja de llamar la atención que se hayan puesto de manifiesto precisamente con la mayor compañía de comida basura del mundo y con un imperio textil que es el paradigma de la explotación sin complejos de las condiciones laborales del Tercer Mundo.

El capitalismo, con su formidable capacidad de crear riqueza desgraciadamente acompañada por su no menos formidable tendencia a exprimir recursos y personas, no se va a refundar a base de pensamiento mágico. Consumimos esperanza igual que consumimos las series de Netflix: como un subidón de azúcar que nos provoca euforia en la misma medida en que embota nuestro cerebro.

Este estado de euforia permanente al que nos hemos visto abocados no tiene nada que ver con una postura serena y confiada que nos permita hacer frente a las situaciones límites con aplomo. No es más que otro fleco del consumismo, una estrategia de marketing que en realidad nos paraliza a la hora de tomar medidas dolorosas pero necesarias y que pasan por un giro radical a la hora de concebir nuestra vida y nuestra forma de relacionarnos.

Tarde o temprano nos daremos cuento de que el mundo ya no es el mismo y cuanto más tardemos en asumirlo y en tomar las medidas acordes a este nuevo entorno, peores serán sus consecuencias. Pensar que todo saldrá mal no es un ejercicio de pesimismo, sino rechazar este optimismo infantil que nos ha abducidoy que confía en soluciones mágicas para que el mundo vuelva a la supuesta normalidad.

 

Artículo publicado en “El Triangle”

 

 

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