Irán patina

Con sus innumerables contrastes y contradicciones, Irán es sin duda alguna uno de los países con más magnetismo y misterio del mundo. Parapetado en medio de un polvorín, el papel de la antigua Persia en el tablero internacional es crucial, especialmente ahora que muchos de sus vecinos (Irak, Afganistán y Siria) han colapsado como países. Sin embargo, la paz social está amenazada y 2018 ha despertado con la protesta de miles de jóvenes hartos de las restricciones sociales y las penurias económicas. Las manifestaciones se han saldado ya con más de veinte muertos y cientos de encarcelados. Las autoridades, divididas entre los aperturistas y los estrictos Guardianes de la Revolución, no saben cómo enfrentarse a estas muestras de descontento. Irán patina. 

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Patina porque en este inmenso país hay una juventud que vive al margen del régimen de los Ayatolás y que busca su espacio de libertad a través de la poesía, el rock, el rap o incluso de una práctica aparentemente tan alejada de su cultura como el skate. Ya no son los que participaron en el “movimiento verde” hace nueve años. Aquellas protestas, las más importantes desde la constitución de la República Islámica, acabaron en un baño de sangre con más de 150 muertos. Pero si la insurrección de 2009 estaba principalmente constituida por miembros de las clases medias iraníes, el perfil del movimiento actual es eminentemente joven, urbano y de origen modesto. En un país tan joven (la mitad de sus cerca de 80 millones de habitantes tiene menos de treinta años), era de esperar que los movimientos de protesta volverían a hacerse notar tarde o temprano.

Esta vez, la chispa que ha encendido la llama de las protestas han sido las expectativas frustradas de mejora de las condiciones de vida de la población, tras el levantamiento de las sanciones internacionales contra Irán en 2015. Los históricos acuerdos alcanzados entre Irán y los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU más Alemania en abril de 2015 abrían la posibilidad para la República Islámica de exportar de nuevo su petróleo a cambio de limitar su programa nuclear. Teniendo en cuenta que Irán tiene la cuarta mayor reserva de petróleo del globo, la población esperaba que esta nueva y masiva entrada de dinero revertiría en ella.

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Sin embargo, la bajada del precio del petróleo, que supone nada menos que 50% del presupuesto nacional, por una parte, y el hecho de que el gobierno no esté capacitado para controlar el total del presupuesto estatal han limitado estos beneficios. Un tercio del presupuesto está en efecto bajo el control de instituciones religiosas para quienes la mejora de las condiciones de vida de la población no es una prioridad. No es pues de extrañar que el foco de las protestas provenga mayoritariamente de las ciudades menos favorecidas del país. La subida del precio de los huevos, fuente principal de proteínas ante la escasez de carne, ha sido la gota que ha colmado el vaso y primero en Machhad, segunda ciudad del país, y más tarde en Qazvin y en Ahvaz en el oeste se formaron pequeños grupos de manifestantes jóvenes que se fueron extendiendo por todo el país. Cuando a la protesta se unieron ciudadanos de clase media víctimas de la inflación y de los altos intereses aplicados por los bancos, las autoridades hicieron sonar las sirenas de alarma.

El descontento es general y viene de lejos: la altísima tasa de paro entre unos jóvenes que se han formado a conciencia y la corrupción, mal endémico del país, llevan tiempo minando la confianza en las instituciones. Pero los miles y miles de manifestantes que han llenado las calles del país no están buscando una caída del régimen a medio plazo. Se trata sobre todo de reclamar una mayor cohesión por parte de un poder demasiado parcelado entre la Presidencia, el Parlamento y los Guardianes de la Revolución como para aplicar medidas eficaces que se plasmarían en una mejora de sus condiciones de vida.

Hace tiempo que la posibilidad de protestas masivas está presente en el país. El gobierno es consciente de que la vía de la represión no hace más que retrasar el problema y no duda en soltar lastre en algunas parcelas. Así, el visitante occidental puede quedarse pasmado al contemplar el grado de libertad de algunos segmentos de la población, evidentemente entre los más pudientes. La represión está presente, indudablemente, pero existen grietas por las que se cuelan pequeños oasis de libertad, y una de las más sorprendentes es la de la fiebre por el skate que recorre el país de una punta a otra y que incluso a veces es alentada por las autoridades, con la construcción de pistas para su práctica a lo largo de todo el país.

Se podría considerar que la afición por el skate es un detalle insignificante, casi una excentricidad frente a los innumerables desafíos socio-políticos presentes en la zona. Pero, e Irán no es el único caso, el skateboard aparece en muchos países de confesión islámica como un espacio de reunión privilegiado entre jóvenes que buscan la identificación con nuevos valores.

Se calcula que hay unos 2000 skaters en todo el país y su estilo de vida es todo un desafío a las estrictas reglas del régimen. Atraídos por la libertad, coquetean con el estilo de vida occidental, y eso los hace sospechosos a ojos de los más estrictos defensores de las esencias de la República Islámica. Pero los reformadores en el poder, que en muchas ocasiones deben hacer de intermediarios entre los Guardianes de la Revolución y una población con ansias de libertad, les conceden este espacio, aparentemente inofensivo, que permite a muchos adolescentes iraníes probar una sensación de libertad inédita hasta entonces.

Los jóvenes graban sus hazañas sobre ruedas con sus mini-cámaras GoPro, mientras suena de fondo música tecno descargada de Internet. Al volver a casa cuelgan los vídeos en Instagram, una red social autorizada por el régimen, contrariamente a Facebook. Gracias al skate olvidan sus penurias durante unas horas, se divierten, bromean e incluso coquetean como lo haría cualquier adolescente occidental.

Para las chicas, el reto es todavía mayor. Llevan el velo, sí, pero los movimientos hacen que a menudo se descuelgue y deje ver su caballera aunque inmediatamente se lo tengan que volver a colocar. En un país lleno de prohibiciones, especialmente para las mujeres, el skateboard va ganando adeptas entre las adolescentes. “Me siento independiente y diferente cuando voy en skate, tengo la sensación de ser libre”, declara Elham, una estudiante de Bellas Artes de 24 años.

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El skateboard es uno de los pocos deportes mixtos presentes en la República Islámica de Irán pero la policía vigila el comportamiento y la ropa de estas jóvenes patinadoras. Para Elham, eso no es ningún problema: “A veces a los policías no les gusta mi manera de vestir. Pero mientras tenga piernas para huir no es realmente un problema.”

Kimia, una joven de 16 años, también  lo tiene claro: “El skate-board es lo mejor que me ha pasado en la vida.”

Fotos: Mathias Zwick

Texto: Raúl M. Torres

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