El telón que se niega a caer

Los apenas cuarenta cines de sala única que sobreviven en España son el testimonio todavía vivo de una forma de aprehender el séptimo arte que se dirige, salvo soluciones imaginativas o ayudas de la Administración, hacia la extinción. Convertidas en pequeñas aldeas galas de resistencia cultural pero también arquitectónica frente a las invasoras multisalas, estas salas encierran historias personales y colectivas, gestos y recuerdos que forman parte de nuestro patrimonio y que cabe reivindicar a capa y espada.

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Tras dos años de periplo por los cuatro rincones de España, Juan Plasencia ha plasmado en sus fotografías la dura y apasionante vida de estas heroicas salas que no solo deben hacer frente a las multisalas sino también a todo lo que representan: la bulimia contemporánea de quererlo todo al mismo tiempo, la búsqueda de estímulos constantes y acumulativos, la depredadora ansia por el máximo beneficio económico. De Teruel a Calella, de Alicante a Toledo, de Barcelona a Ourense, el fotógrafo ha llevado a cabo un viaje geográfico que es también un viaje en el tiempo, un tiempo personal, formado por los recuerdos de cada uno, y un tiempo colectivo que forma parte de la historia de cada ciudad.

Entrar en cines como los que refleja Juan Plasencia en su trabajo equivale a volver a una infancia a veces real, a veces soñada, en la que la sesión de cine era probablemente el acontecimiento más relevante de toda la semana.

Ir al cine representaba en efecto una ruptura con una rutina donde los entretenimientos eran escasos y donde la película se disfrutaba durante pero también antes y después de la proyección. El lunes, volvíamos al colegio contando la película en detalle a todos aquellos infelices que no habían tenido el privilegio de sumergirse durante dos horas en esa suspensión temporal de la razón.

La visita a la sala oscura era un acto que exigía su liturgia: se iba al cine como otros van al templo, con respeto a pesar de los comentarios en voz alta, las carcajadas, los gritos o los bocadillos que circulaban y se comían alegremente durante la proyección. Ahora, en las multisalas hay un enorme hueco en los reposabrazos de las butacas para dejar cómodamente la Coca-Cola de medio litro y el kilo de palomitas aparentemente imprescindibles para apreciar una buena película, hay una docena de películas para elegir (aunque muchas veces cortadas según el mismo patrón) pero se ha perdido la sensación de participar a un ritual y a una experiencia únicos.

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¿Cómo es posible que estos cines hayan podido resistir primero a la ampliación de la oferta televisiva y luego a la aparición de los vídeo-clubs, a los streamings y al pirateo en Internet, a la indiferencia de los diferentes gobiernos de turno, a la subida del IVA hasta el 21%, a la crisis económica, a la difícil y costosa transición al formato digital y finalmente a la desbordante oferta de canales digitales como Movistar, Netflix, Filmin o HBO? ¿No son suficientes golpes como para bajar los brazos y tratar de ganarse las habichuelas con una actividad más acordes con estos extraños tiempos en los que vivimos? Afortunadamente para muchos mantener el cine en marcha no es una forma de ganarse la vida sino una forma de vivir donde la memoria familiar desempeña un papel fundamental.

Es el caso del Cine Mary en Cistiernas (León) , donde los hijos de Víctor Sánchez, que fundó el cine en 1964 (se estrenó con “Los cañones de Navarrone”), tomaron el relevo de su padre porque prácticamente crecieron en este cine. El recuerdo de su padre y su amor por el cine es lo que les lleva a seguir con este negocio tan poco rentable, que está “siempre en crisis” y es origen de miles de dolores de cabeza.

Un caso similar al del cine Princesa de Vilacañas (Toledo), donde los hijos del fundador Alberto Muñoz rescataron una sala que en sus orígenes servía también de salón de bodas y discoteca. Y lo mismo ocurre con tantos y tantos cines, todos diferentes, todos regidos por razones alejadas del estricto provecho económico y todos portadores de historias que confluyen con la historia de la propia ciudad y sus habitantes.

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Así como el multisalas se instala dentro de un centro comercial (se va al cine después de una buena sesión de shopping y de atiborrarse en el restaurante de una gran cadena) y busca de hecho su principal fuente de ingresos en las palomitas y las bebidas, el cine de sala única se sitúa en el barrio o en el pueblo, creando un vínculo social y sentimental totalmente ausente en el caso del multisala. Pertenece a la vida de los vecinos, tiene un innegable valor arquitectónico y de testimonio de la vida que ha transcurrido a su alrededor.

Muchas veces la paradoja reside en que una sala en principio más indicada para amantes del cine tenga que proyectar grandes éxitos de la industria estadounidense para sobrevivir. Esta constante batalla entre calidad artística y rentabilidad económica, presente en todas las artes, siempre ha sido más evidente en un arte tan costoso como el cine y se hace todavía más dolorosa en el caso de estos cines de sala única, garantes por una parte de la grandeza de la experiencia cinematográfica y por otra sujetos como todos  a la necesidad de sobrevivir económicamente.

Sin embargo, en muchas ocasiones, estas salas descartan programar los grandes estrenos comerciales o lo hacen de manera puntual. Por una parte porque, en aras nuevamente del mayor aprovechamiento económico posible, las productoras multinacionales exprimen al máximo sus películas en las salas comerciales y cuando las ceden a las salas únicas, estos estrenos muchas veces han dejado de serlo y una gran parte de su público potencial ya los han visto. Y por otra parte porque muchos de los cines de sala única se han dado cuenta de que deben optar por la especialización.

Así las cosas, algunas salas apuestan por programar cine de autor, rarezas o clásicos, reforzándose así su condición de reducto para cinéfilos. En otros casos se opta por la “eventización”, es decir enmarcar la o las película(s) dentro de un acontecimiento más amplio: fiesta de celebración del X aniversario de una película de culto, retransmisión de una ópera o un concierto en directo, etc.

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Se trata de un enfoque que busca la complicidad y la fidelización del espectador, con descuentos especiales o entrega de un carnet de socio, donde prevalece un gran sentido de adaptación y que supone estar constantemente a la escucha de las demandas del público. Es el caso del cine Jayan en Jávea (Alicante) con una oferta muy diferenciada a lo largo de las diferentes estaciones del año. Durante el invierno ofrece un cine-club enfocado a los amantes del cine de autor, películas en versión original dirigidas principalmente a la nutrida colonia británica radicada en la costa alicantina y en verano opta por el cine comercial tradicional para satisfacer a los veraneantes. El Phenomena (Barcelona), situado en el antiguo cine Nápoles, se presenta como un cine “de los de antes”, con un cuidado estilismo en su fachada, su entrada, su bar que parece salir de una película de David Lynch y unas bonitas cortinas de terciopelo que se abren al empezar la proyección. Aquí también se hace hincapié en la idea de (re)vivir experiencias en grupo con un ojo puesto en los amantes del cine de género. No es casualidad que el Phenomena se estrenase con una doble sesión con las películas “Tiburón” y “Alien”.

La mayoría de estas salas se construyeron hace más de 50 años, algunas incluso antes de que apareciera el propio cine: el Cine Calderón en Peñaranda de Bracamonte y la sala Mozart de Calella nacieron como teatros en la década de 1890. Lo que está en juego con su supervivencia es mucho más que un negocio familiar: tenemos que elegir si las manifestaciones culturales deben ceñirse exclusivamente al entretenimiento y al consumo de masas o si merecen un tratamiento especial más allá de lo crematístico. Estos centros de transmisión de cultura son, hoy más que nunca, los garantes de una continuidad de valores imprescindibles para nuestra supervivencia cultural y para el mantenimiento de una identidad propia que los poderes públicos, y la sociedad en su conjunto, deben proteger.

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Fotos: Juan Plasencia

Texto: Raúl M. Torres

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