Posverdad: la realidad a la carta

Que la expresión “fake news” se haya incorporado con tanta facilidad y rapidez al discurso diario del periodista no deja de ser una triste constatación de la fragilidad actual de la profesión pero también es reveladora de un estado de confusión ideológica generalizado, de cierta nostalgia de las ideologías globalizadoras y del acceso al poder de personajes indignos de una democracia madura. Si la consolidación de Internet como difusor de noticias ha permitido que el rango de productores de noticias se haya ensanchado hasta límites difícilmente imaginables hace unos años, algo que consideramos quizás con excesiva premura como un éxito democrático, también ha posibilitado que se propagaran como la pólvora el consumo irreflexivo de noticias, la manipulación, la mentira y por tanto la duda constante acerca de la veracidad de las noticias que recibimos. Así, en el enorme magma que son las noticias que llegan constantemente a nuestro smartphone o a nuestro ordenador, ¿cómo distinguir lo verdadero de lo falso, lo fundamental de lo accesorio? La sobreproducción de noticias y la proliferación de verdades a medias, cuando no de mentiras descaradas, parece habernos conducido a un inmenso marasmo informativo donde resulta dificilísimo distinguir el grano de la paja: ¿y si la omnipresencia de medios nos estuviera llevando paradójicamente a una ceguera generalizada?

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La práctica desaparición de la fundamental figura del editor en gran parte de redacciones ha supuesto una importante pérdida de criterio en demasiadas cabeceras nacionales e internacionales. A la tradicional precariedad del oficio de periodista se han sumado la crisis económica mundial, que amenaza con ser endémica, y la de una dificultad máxima a la hora de buscar rentabilidad en un entorno donde la mayor parte de los contenidos son gratuitos.

Esta ausencia de filtro, que podría ser sinónimo de pluralidad, en realidad hace más frágil al lector/espectador al situarse en un terreno donde lo llamativo prevalece sobre el rigor, donde la búsqueda de “likes” y de “retweets” le gana la batalla a la reflexión, a la duda y, en definitiva, al oficio de periodista tal y como se desarrolló a lo largo del siglo XX.

Pero no solo hay que ver una pérdida en el rigor profesional en la propagación de noticias poco contrastadas o directamente falsas sino una clara intención de manipular a la población con fines económicos o políticos. El caso paradigmático lo encontramos evidentemente en el actual inquilino de la Casa Blanca, acusado de difundir nada menos que 115 mentiras en sus primeros seis meses de mandato a la cabeza del país más poderoso del planeta. Se habló de la injerencia de los servicios secretos rusos en la elección de Trump así como en el Brexit o en la crisis catalana en una práctica con la que bien podríamos tener que lidiar constantemente en el futuro.

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Esta multiplicación exponencial de emisores de noticias llega paradójicamente a ocultar lo que está ocurriendo al situarlo todo al mismo nivel causando así una grave situación de pérdida de autoridad y la tentación, en el consumidor de noticias más perezoso, de ponerlo todo en el mismo saco. Las “fake news” pueden en efecto llegar a desacreditar noticias contrastadas e inapelables que, contaminadas por informaciones falsas, parecen perder credibilidad. Sería el caso de la inserción, en las noticias relativas al tráfico de esclavos subsaharianos en la caótica Libia actual, de fotografías correspondientes a otros conflictos. La introducción de la falsedad en una noticia terriblemente cierta parece desacreditar la noticia en sí, tal y como también ocurrió con las fotos de violencias policiales en el 1 de octubre catalán. De hecho, el ministro de exteriores español Alfonso Dastis se refirió a la falsedad de algunas de las imágenes para defender, ante la BBC, la correcta actuación de la policía en el día del intento de referéndum en Cataluña. Por desgracia para el ministro, resultó que las imágenes que estaban emitiendo habían sido rodadas por la propia cadena de televisión británica. Pero da igual, muchos partidarios de la actuación de la policía español el 1 de octubre ya podían escudarse en la falsedad de (algunas) imágenes para poner en duda el conjunto de las críticas al gobierno.

Este efecto perverso de la era de la posverdad, según el cual cualquier responsable político, llamémosle Donald Trump por ejemplo, puede tratar de desacreditar toda noticia inconveniente tachándola de “fake news” permite situar a la emoción por encima del razonamiento a la hora de tratar de convencer. La falsedad serviría aquí para desacreditar la verdad y para situarlo todo en un relativismo que siempre beneficiará a los manipuladores al situar a la verdad y la mentira en un pie de igualdad.

El peligro es que, evidentemente, estas fake news no están sujetas a la rigurosa realidad, a veces tan prosaica, y están completamente libres para adoptar la forma más atractiva y fácil de entender para permitir una difusión masiva. En ocasiones incluyen algunos datos ciertos y fácilmente constatables para ganar en veracidad y siempre se trata de mensajes claros. Su escasa responsabilidad con los hechos acontecidos les permite buscar un impacto directo para asegurar una difusión masiva, apelando a la indignación y a los prejuicios del consumidor de noticias para facilitar así una oleada de retweets, mejor. Poco importa si el o los protagonistas de la noticia la desmienten, el daño ya estará hecho y la noticia ya se habrá compartido centenares, miles de veces dejando un ya nada rebatible poso en una cantidad casi incalculable de personas. Es la puesta al día del famoso adagio periodístico según el cual “no hay que dejar que la verdad estropee un buen titular” pero capaz de alcanzar a una audiencia mundial hambrienta de golpes informativos y de cualquier argumento que refuerce sus ideas previas. La dificultad para encontrar el origen de la propagación de las fake news, a menudo a través de perfiles falsos en las redes sociales, cuando no a través de empresas dedicadas exclusivamente a la difusión de bulos, obliga a extremar la prudencia

¿Cómo hacer frente a esta oleada de falsas noticias? No hay evidentemente fórmula mágica pero paradójicamente esta amenaza al periodismo no tiene más respuesta que el propio periodismo y sus viejas recetas: la comprobación de fuentes, el contraste de la noticia, ir más allá del titular, investigar si es plausible que tal medio tenga acceso a ciertas informaciones y sobre todo el rigor y la desconfianza como bandera.

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(fotos: Rubén Plasencia /Agencia Zoom)

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