El arte participativo – una entrevista con François Matarasso

François Matarasso es la gran referencia del arte participativo a nivel mundial. Este incansable activista lleva cerca de 40 años acercando el arte a colectivos socialmente desfavorecidos y analizando el efecto que produce en ellos la producción artística.

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¿Cómo se introdujo en el mundo del arte participativo?
Yo era estudiante de literatura en la universidad y mi intención era hacer teatro. Un día, al ir a imprimir unos carteles conocí a los responsables de la imprenta y en lugar de imprimir mis carteles, me enseñaron a hacerlo yo mismo. Esta idea de que podemos hacerlo todo nosotros mismos sin la ayuda de los grandes centros de producción, heredada de la época punk, cambió por completo mi visión del papel del arte. En esa época, en torno a 1981, surgió la idea de que podíamos publicar los libros y los discos que quisiéramos, en oposición a los valores del mundo institucional, porque trabajábamos con obras que no tenían en cuenta su valor comercial. Esta resistencia a determinados valores del mercado del arte y de las elites del arte fue el primer paso que di en el mundo del arte participativo.

¿Todos somos capaces de producir arte, aunque no tengamos una formación específica? ¿En qué se diferencia del arte producido por personas con formación
No todos tenemos las mismas capacidades pero sí que todos somos capaces de crear. Siempre hago la comparación con la cocina. Todos podemos cocinar pero en un lado están los grandes cocineros y en el otro estoy yo…  Hemos heredado de la época de las Luces la idea de que el artista es una persona excepcional, pero yo creo que el artista es una persona que hace cosas excepcionales, y todos somos capaces de hacer cosas excepcionales.El artista profesional ha pasado muchos años pensando y trabajando. Por tanto sitúa su creación dentro de un contexto profesional y sabe lo que los demás artistas están haciendo. El artista no profesional no tiene la misma pericia pero en cambio tiene dos cosas muy importantes. La primera es que tiene un espíritu abierto y no sigue un camino establecido, lo cual abre nuevas posibilidades de creación y de expresión. La segunda es que a menudo tiene una necesidad y una urgencia por comunicar algo a través de su trabajo, y este no siempre es el caso del artista profesional.

Cuando organiza una obra de arte participativo, ¿qué prevalece para usted? ¿Su valor artístico o la acción social que lleva a cabo?
Para mí hay tres grandes intenciones en este trabajo. La primera es la inclusión de la gente en la vida artística de un territorio determinadocon la idea de que un mayor número de personas tengan acceso al arte. La segunda sería fomentar un cambio social, que la actividad cultural pueda propiciar un cambio en sus vidas. Y la tercera intención es lo que se suele llamar la democracia cultural, es decir que todo el mundo pueda contribuir a la vida cultural de la sociedad, crear arte. Personalmente nunca he tratado de fomentar un cambio a nivel individual porque me parece que abre muchas cuestiones políticas y éticas: ¿quién soy yo para intervenir en la vida de otra persona? Lo que yo busco es que la gente pueda acceder a los recursos culturales y así se producirá sin duda un cambio, pero este cambio debe ser controlado por el propio individuo porque sino es adoctrinamiento. Además, el trabajo que llevamos a cabo debe ser artísticamente válido.

¿Cómo se produce el intercambio con los participantes? ¿Qué grado de autonomía tienen?
Nuestro trabajo es como el jazz, con una gran parte de improvisación y el resultado debe ser fruto de nuestra interacción. Uno de los problemas de la política cultural en Europa es que subvencionamos el arte para gente que no tiene dificultades para acceder a la cultura. Me parece muy bien pero no entiendo por qué subvencionamos las actividades para pobres únicamente por razones sociales. No concebimos que las clases pobres también puedan producir arte de calidad.

Tendemos a pensar que todo ya se ha hecho en materia artística, ¿piensa precisamente que los no profesionales, al no estar sujetos a las corrientes artísticas, se sienten más libres y pueden emprender nuevos caminos?
Desde luego, para mí el arte participativo es una nueva forma artística, con otro sentido. Muchas muestras artísticas de hoy en día son variaciones sobre ideas relativamente establecidas y en cambio el arte participativo está abriendo nuevas posibilidades.

¿Ha observado cambios a nivel personal o colectivo tras la realización de estas prácticas artísticas?
Sí, desde luego. A algunos jóvenes con los que he trabajado les ha cambiado radicalmente la vida.Se trata de gente de barrios pobres que encontraron una dirección en la vida tras la experiencia, aunque no necesariamente en el mundo del arte. Digamos que la experiencia les sirvió para conocerse mejor y encontrar su camino en la vida. En 1997 publiqué un ensayo que identificaba nada menos que 50 efectos sociales propiciados por el arte participativo. Durante mis 40 años de carrera he luchado contra aquellos que piensan que el arte es puro y no debe tener nada que ver con la sociedad

¿En qué medida el arte participativo contribuye al empoderamiento de las personas con limitaciones físicas o mentales?
Creo que ayuda en muy gran medida a que estos colectivos se sientan mejor con sus vidas. Pero existe el riesgo de que se trate de un falso empoderamiento porque una vez realizada la obra se les quita estas herramientas y vuelven a sus vidas anteriores . Por eso digo que el empoderamiento no es algo que se da, porque igual que se da se puede quitar, sino que es algo que se debe tomar.

El votante sentimental

En “La Inmortalidad”, Milan Kundera hablaba de la figura del “homo sentimentalis”, definiéndola como aquella persona que eleva sus sentimientos a nivel de valores y que pone un interés especial en exhibirlos constantemente. En una época en que la política parece haberse puesto a la altura de las redes sociales y donde la fórmula más o menos ingeniosa ha sustituido al debate político, se están consolidando fuerzas políticas que hasta hace bien poco no tenían la más mínima posibilidad de obtener representación parlamentaria. Y lo han hecho apelando a los instintos básicos de una población frustrada, más que ofreciendo un programa político y económico coherente.

 

Lo hemos visto en el este de Europa, en Italia, con la aberrante coalición que ha llevado a Salvani al poder, en la votación del Brexit, en la Francia de Marine Le Pen y de los “chalecos amarillos”, y ahora en España, que hasta hace poco se vanagloriaba de no tener partidos abiertamente ultraderechistas en sus instituciones. La elección (y probable reelección) de Donald Trump, pese a su adscripción a un partido político tradicional, se inserta perfectamente en esta lógica populista: polarización extrema (el “conmigo o contra mí”), uso incontrolado de las redes sociales con la transmisión de mensajes que buscan más el asentimiento tribal que el diálogo, rechazo del consenso, poca o nula preocupación por la veracidad de los mensajes transmitidos, etc.

El éxito de estas fórmulas se basa tanto en la incapacidad de los partidos tradicionales para destacar que los grandes avances conseguidos en las sociedades occidentales (seguridad social, educación gratuita y obligatoria, orden social, garantías jurídicas, etc.)  no están adquiridos para siempre, como en la desidia, el aburrimiento o la tendencia que pueden sentir algunos a asignar un chivo expiatorio a problemas de todo tipo. Siempre es más cómodo mostrar del dedo a un culpable (los inmigrantes, Bruselas, Madrid, etc) como causante de los problemas más diversos que asumir nuestra responsabilidad respecto a la situación que vivimos. Incluso el fantasma del “complot judío” resurge en países como Francia o Polonia, que ya son ganas. La crisis económica, la inestabilidad en el empleo y la precariedad han allanado el terreno para que una franja significativa de la población caiga en brazos de propuestas supuestamente rompedoras que a buen seguro nos van a dar o devolver lo que a todas luces nos merecemos.

Mientras el votante de fuerzas tradicionales hace poco más que elegir a quien cree que administrará mejor el dinero de sus impuestos, el que opta por fuerzas “radicales” lleva a cabo al mismo tiempo un proceso de adquisición de unas cualidades determinadas. Así, el votante de Vox se concederá, al depositar su voto, unos atributos (nacionales, religiosos, incluso raciales) que en muchas ocasiones serán las únicas cualidades a las que pueda aspirar, y el de la CUP se convertirá mediante el mismo gesto en un revolucionario ávido de grandes proclamas, heredero de insignes revolucionarios, aunque rara vez se convertirán en políticas sociales concretas y efectivas.

En la misma obra, Kundera afirma que “lo que incita a la gente a levantar el puño, coger un fusil, defender causas justas o injustas no es la razón sino el alma hipertrofiada”. Muchos votantes estadounidense se ponen del lado de los vencedores, de los que hacen lo que quieren, al votar a Trump, de la misma manera que muchos seguidores de extrema izquierda reclaman su pertenencia a la línea de luchadores sindicales históricos sin otro esfuerzo que el de difundir desde la silla de su ordenador las más disparatadas proclamas.

Nunca son los programas políticos los que motivan este voto sino un orgullo mal entendido, una rabia mal contenida. Conectar con los sentimientos más primarios es mucho más fácil y eficaz. Explícale detalladamente a un inglés frustrado todas las consecuencias de la salida de su país de la UE y se aburrirá. Hazle creer que pertenece al más noble de los linajes, que Ricardo Corazón de León o Churchill son de su estirpe, que puede mirar por encima del hombro a su vecino polaco, y que para volver a sentirse orgullo de su país tiene que salir de la UE y tendrás la mitad del camino recorrido.  Es todavía pronto para medir las consecuencias a largo plazo de la irrupción de Vox en la política española pero las secuelas de estos votos sentimentales ya se están haciendo notar en demasiadas partes del mundo como para no prestarles la atención debida.

 

(Artículo publicado en “El Triangle”)

 

Poéticas de la emoción

Nacemos llorando y, si todo va bien, a lo largo de nuestra existencia experimentaremos todo tipo de emociones: alegría, pena,  ira, dolor, risa… Saber lidiar con ellas no siempre será fácil y de nuestra capacidad de tratarlas correctamente y expresarlas dependerá gran parte de nuestra felicidad.

La exposición “Poéticas de la emoción”, inaugurada el pasado 7 de febrero en CaixaForum Barcelona propone un interesante diálogo entre obras de muy diferente origen y estilo, buscando, a través de sus diferentes expresiones, puntos de contacto inéditos, a veces sorprendentes y siempre enriquecedores. Aunque principalmente centrada en el arte contemporáneo,  la exposición recorre 700 años de la historia del arte, desde el gótico hasta Joan Miró, pasando por Julio González, Perejaume e incluso el fotoperiodismo de Enric Folgosa.

Hemos podido hablar de emociones y de cómo el arte nos ayuda a entenderlas y encauzarlas con la comisaria de la muestra, Érika Goyarrola

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“La sociedad debe evolucionar para acabar con el concepto de enfermedad mental”

El ciclo de seminarios “El derecho a la capacidad jurídica en salud mental: apoyos y acompañamiento en salud mental” organizado por la Federación Salut Mental Catalunya con el apoyo de la Fundación La Caixa, reunió a algunos de los más relevantes especialistas sobre los derechos de las personas afectadas por trastornos mentales. La celebración de estas jornadas en el Palau Macaya ha permitido dar a conocer nuevos puntos de vista sobre la consideración que la sociedad tiene hacia las personas diagnosticadas y sobre los cambios de paradigma necesarios en el ordenamiento jurídico. Entre los invitados, especialistas internacionales de la talla del peruano Alberto Vásquez, coordinador de investigación en la Oficina de la Relatora Especial de la ONU sobre derechos de las personas con discapacidad o la norteamericana Tina Menkowitz, colaboradora en la redacción de la Convención de Nueva York. Ambos luchan por la plena aplicación del artículo 12 sobre los derechos de los pacientes en salud mental y deben lidiar a diario con dificultades legales y sobre todo con muchos prejuicios por parte de la sociedad.

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¡Danzad, danzad, perritos!

País singularísimo, capaz de lo mejor y también de lo peor, lo que nadie puede poner en duda es  que Estados Unidos muestra un entusiasmo inagotable en cualquier cosa que se proponga. Sus habitantes se mueven siempre en parámetros que nos parecen tan exagerados como fascinantes en este país donde la contención no parece existir. Como si las cualidades y los defectos del mundo occidental se hubieran concentrado en este inmenso territorio  donde todo es posible siempre que se haga desde la desmesura y la pasión sin límites. Si las dosis de violencia que con demasiada frecuencia asuelan al país nos aterran y nos dejan perplejos, no podemos dejar de quedar fascinados por su sentido del espectáculo y por el empeño con el que los estadounidenses se entregan en cuerpo y alma a cualquier actividad, por estrambótica que aparezca a nuestros ojos europeos. En contraste con la gravedad de los asuntos a los que debe hacer frente el país, el “musical canine freestyle” ilustra perfectamente hasta qué punto los estadounidenses pueden llegar a tomase el ocio en serio.Ellen & Bailey West Hartford, Connecticut

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Irán patina

Con sus innumerables contrastes y contradicciones, Irán es sin duda alguna uno de los países con más magnetismo y misterio del mundo. Parapetado en medio de un polvorín, el papel de la antigua Persia en el tablero internacional es crucial, especialmente ahora que muchos de sus vecinos (Irak, Afganistán y Siria) han colapsado como países. Sin embargo, la paz social está amenazada y 2018 ha despertado con la protesta de miles de jóvenes hartos de las restricciones sociales y las penurias económicas. Las manifestaciones se han saldado ya con más de veinte muertos y cientos de encarcelados. Las autoridades, divididas entre los aperturistas y los estrictos Guardianes de la Revolución, no saben cómo enfrentarse a estas muestras de descontento. Irán patina. 

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Pruebas médicas: entre altruismo y beneficio propio

Natalia Lanciego lleva nueve años participando con cierta regularidad a las pruebas clínicas organizadas por el Hospital de Sant Pau de Barcelona. “Empecé casi por casualidad: una amiga mía enfermera me habló de estos ensayos y me pareció una forma fácil de ganarme un sobresueldo.” Tras haber participado en cinco pruebas, esta licenciada en pedagogía de 41 años no ve más que ventajas en esta actividad ya que se ha limitado a probar bioequivalencias, es decir medicamentos con fórmulas que ya están en el mercado pero que se comercializan a través de otra marca, sin más efectos secundarios posibles que los que pueden existir con cualquier medicamento. Otra ventaja considerable: los chequeos exhaustivos que le realizan antes y después de cada prueba. “Es como tener un seguimiento médico personalizado y gratis.”

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